agosto 19, 2013

Infancia. Herencia. Y de nuevo infancia.

Al final de este fin de semana largo recibí un regalo, una sorpresa.

Cuando se nos van los viejos es frecuente que entre los que quedamos haya discrepancias llegando a veces a tomar forma de una guerra fría.
La herencia, viste? "Yo sabia que el abuelo tenia tantos patacones en la marmicoc que la abuela siempre odió, alguno se los llevo y esos lo teníamos que repartir entre todos! Seguro que equis lo engatusó al viejo con algún cuento y este le dio esos patacones de toda la vida" Y todos miran de soslayo a equis.

En estos días creo que la casa de mi abuelos Julio y Olga se pone finalmente a la venta por esas circunstancias que definen abogados y jueces en una sucesión.

Y a la casa hubo que ir vaciándola. Las prendas de la abuela, que partió hace once años ya habían sido donadas. Las del abuelo, que se fue hace algo más de año y medio, también.

Los muebles, algunos fueron vendidos a fin de seguir manteniendo los impuestos. Otros, están a buen resguardo en otro lugar.

Las variadas y diferentes herramientas de mi abuelo, no lo se. Dicen que se las llevó mi hermano, otros que fue mi padre. En cualquiera de los casos, es evidente el destino que ambos dos les dieron.

Está en disputa una heladera, en una de las típicas maniobras de los Pérez que no honran el apellido. Una heladera. Imagino a Cortázar esbozando un cuento corto al respecto de ese electrodoméstico. Imagino también a un joven Almodóvar poniendo como centro de argumento de alguno de sus filmes a esa misma heladera.

En la casa de los abuelos, en el living hall, como a mi abuela le gustaba definir ese espacio, había una biblioteca. A su lado pasé buena parte de mi infancia y adolescencia. “La tele no se prende a la hora de la siesta, fijate qué podés leer este fin de semana”, solía decirme la abuela. Esa es la herencia que tengo de mi abuela, que no se traduce en billetes de circulación legal, que no es parte de un inventario que evalúan jueces. Es la herencia de la libertad, de saber que por ese lado no, pero sólo por ese lado no, que se podía disfrutar y aprender y volver a disfrutar con eso que había en un volumen bastante inferior a un metro cúbico.

No se qué pasó o qué va a pasar con esos libros que viven en mi memoria. Anhelo que asi como los vivimos mi abuela, mi tía y yo, otros ojos y otras mentes los puedan atesorar.

 

La sorpresa de hoy fue mayúscula. En una bolsa recibo una caja con más cajas en su interior. En otra bolsa, varias cosas dentro de otras bolsas más pequeñas.

Tantee la de las cajas, sin animarme a abrirlas inmediatamente. En cada una había aros, collares, prendedores de los años setentas. Se las conocía como bijouterie fina. Pequeños objetos para decorarse, engalanarse, sentirse linda. Cuando pasaron de moda me las prestaban mi tía y abuela para jugar: teníamos de mentirita con la abuela una boutique en donde nos vendíamos joyas antiguas. Tardes innumerables y maravillosas, de frio o de calor, tardes en donde nos poníamos lindas para nosotras. Qué más?

Y en el otro paquete estaban los intocables, las reliquias, los “esperá que llegue tu abuelo para que los baje del estante del aparador”. Cajas de música que siguen tocando cuando les das cuerda el vals del emperador, o el claro de luna o la del padrino.
Y hay más: un ejemplar de Minutos de Sabiduría, un librito que la abuela, apasionada por el yoga filosófico, llevaba siempre consigo. Y sus pares de lentes, de montura de carey o los “de fiesta”, con un marco de plata arenada. Olga se veía radiante con ellos.

Y lo que me hizo brotar lágrimas: una regla de acrílico. La que usaba mi tía para subrayar los apuntes de la facultad. La que después usé para trazar rectas, como parte de las tareas escolares en las que se esperaba precisión.

El regalo que recibí este día del niño, aquellos tesoros de mi niñez, es invaluable. Quizá ahora mi hija, que está por dejar la infancia, dé cuerda a algunas de las cajas y con su sonido vuelva a hacer lucir esos aros, esos collares como hice antes yo.

Qué bueno es que a lo jueces, a los abogados y a los familiares interesados en lo pecuniario hayan hecho a un lado la parte que me corresponde de herencia.

3 comentarios:

  1. Considerate dichosa....algunas no tenemos la suerte de tener a alguien capaz de desprenderse de esos tesoros para dartelos a vos. Nos cierran a cal y canto la entrada a los tesoros de quien fue casi casi mi mamá y nos dan "migas" mientras arrasan (literalmente) con todo, creyendo que una no se va a enterar. Tal vez sea su forma de castigarnos por ser la oveja blanca de la familia. Por que los negros, esta visto, son ellos. PD: no soy tan anónima como parezco, podria darte un abrazo fraterno, pero no triple ;-)pero por razón obvias tengo que mantener el anonimato.

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